Dépor Athletic (mar 20:00h): El último tren de Primera
(Adrián Candal)
"Esta hinchada nunca se rinde". Esa consigna fue la más coreada durante todo el fin de semana en Gijón. La "marusía" blanquiazul que se desplazó de manera masiva a Asturias demostró su apoyo incondicional al equipo de Lotina. Lejos de venirse abajo por los dramáticos momentos que vive el cuadro coruñés, da su aliento a los necesitados jugadores. Ayer, en Abegondo, cerca de 200 deportivistas asistieron al entreno para ovacionar al equipo. Esa misma hinchada es la que llevará mañana al Deportivo en volandas a por el triunfo ante el Atlhletic. No ganar supondrá, a buen seguro, el descenso a Segunda División. Por eso, el objetivo que ahora mismo mantiene el Consejo de Administración del club es conseguir el mejor ambiente posible en el estadio. "Tenemos que llenar Riazor", ese es el lema del Deportivo. Para ello, el club ha declarado la jornada como "el día de Galicia". Entradas a cinco euros para los socios y precios reducidos para el resto. El Dépor, con una nueva concentración de aficionados frente al estadio, se volverá a entrenar esta tarde a puerta cerrada en Riazor.
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las súplicas del depor
Entre las voces exaltadas, gargantas agudas que se cuelan en el recibimiento del Athletic, la mayoría la de jóvenes aficionadas que desean una firma o una fotografía de Fernando Llorente, Javi Martínez o Iker Muniain, una con el timbre más grave y ojeroso, apesadumbrada, suena a súplica, a oración. Es la voz de un hombre de mediana edad que se aproxima a José Ángel Iribar, mascarón de proa del misticismo del Athletic, y a modo de ruego le pide: "Nos tenéis que echar una mano". El Chopo, gafas de sol ocultándole la mirada, esboza una sonrisa compasiva. El Deportivo de La Coruña, al borde del abismo, de regreso a los puestos de descenso -estuvo entre la jornada cinco y la diez enfangado en el pantano de los condenados- a tres capítulos del final de Liga, observa atemorizado, con el pavor de los desesperados, el alcance del impacto que supondría el desplome a Segunda División.
Sin rastro ni huella del remoto y fabuloso Superdepor de antaño, malviven los coruñeses en la penumbra desde el episodio de El Molinón, donde la tropa de Miguel Ángel Lotina, que vencía por 0-2, vio cómo el Sporting empató en los estertores del encuentro, a una manecilla del final, tras embocar el segundo penalti, el primero de ellos lo señaló el colegiado después de que la pelota golpeara la espalda de un jugador deportivista.
Ambas jugadas desquiciaron a Lotina, un hombre reflexivo, templado, calmado y sosegado, de tal manera que a la conclusión del duelo irrumpió en el campo para dirigir sus airadas protestas al colegiado. El Deportivo había pasado de la esperanza a la más profunda desazón en una jugada que activó la rebeldía del de Meñaka, un perfil desconocido impulsado por el aire patibulario que desprende el equipo, en caída libre. Al técnico vizcaino le venció la sensación de vacío y desamparo, un sentimiento que alcanzó mayores cotas con el triunfo de Osasuna en Zaragoza, que incrustó a su equipo en el sótano de la tabla.
El estado de nervios que recorre la entidad que preside Augusto César Lendoiro ha impregnado no solo al banquillo, sino también a los jugadores del Deportivo que sugirieron a David Barral, el encargado de lanzar el penalti que fijó la igualada en el marcador, que lo enviara fuera en un acto de clemencia, de compasión.
Lo reconoció ayer el futbolista del Sporting, apenado por la situación del Deportivo. "Me pidieron que lo fallara, porque nosotros ya estamos casi salvados. Da pena ver cómo sufre un equipo cuando está tan abajo, pero yo tengo una gran responsabilidad con este equipo y no podía fallar". Barral no se ablandó y marcó. Después Lotina, irreconocible, bramó contra la injusticia. Nadie le escuchó.